La luz
“Arriba, en la luz, el corazón
se abandona, se entrega”, María Zambrano
La tradición llegó al consenso
de que el Espíritu Santo obró mediante la luz. Nos dice Tertuliano
que de un rayo luminoso penetra en María y se encarna de ella.
Esa luz, que ya se ha
percibido en los ángeles, volverá a estar presente en todo el Evangelio.
“En todo el mundo, la
revelación más apropiada de la divinidad se hace a través de la luz”
Jesucristo es
nuestra luz, vivíamos en tinieblas, estábamos condenados, es la luz que nos
salva, y nos hace luz del mundo a nosotros para anunciar el reino de los
cielos.
La luz de la estrella que
brilla tintineante anunció el nacimiento del Niño – Dios que nos
redimirá.
La divinidad nos ilumina en
nuestro camino vital, en momentos de tristeza y en otros de alegría. Dios se
encuentra y se hace encontrar en el claro del bosque.
En el Génesis como en la India
o China y otros lugares de la tierra la cosmogonía separa la sombra de la
claridad. La luz se manifiesta para la creación.
En los dolores del parto de
una mujer da a luz a su bebe que la recibe con un vagido dulce. Es el mayor de
los milagros que podemos vivir aquí en la tierra el hecho de dar a luz a un
niño o a una niña. Que es toda una banalización, incluso ignorancia, debido al
nihilismo y relativismo que padecemos ya hace bastante tiempo.
Cristo es el faro que ilumina
nuestras vidas, mientras el mar está tranquilo o encrespado, a pesar de los
restos del naufragio, nos acompaña en el camino vital, ilumina con su luz
inocente, mansa y humilde. Y no es ni mucho menos una luz lívida.
Cristo es nuestro sol ígneo, nuestro
albor, en nuestras preocupaciones o momentos de dicha, es el fulgor para que
actuemos con arrojo, llama de nuestra fe, claridad para nuestra bondad.
“En la luz que acoge donde no
se padece violencia alguna, pues que se ha llegado allí, a esa luz, sin forzar
ninguna puerta y aun sin abrirla, sin haber atravesado dinteles de luz y de
sombra, sin esfuerzo y sin protección”, María Zambrano
Jesús de Nazaret de Jean –
Paul Roux
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