El perdón de los pecados
¿Hay personas que han dejado
de pecar hasta el final de sus días?
“Sólo Dios perdona los
pecados (cf Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo:
"El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra"
(Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: "Tus pecados están perdonados"
(Mc 2,5; Lc 7,48). Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere
este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre.”
¿Hay personas que han dejado
de pecar hasta el final de sus días?
¿Hubo personas que dejaron de
pecar hasta el día de su muerte?
Sería un buen objetivo,
convertirse, arrepentirse y dejar de pecar toda una vida. Decir No al pecado.
Sí, debemos ser justos, sin
embargo, no deberíamos tropezar de nuevo con el pecado.
Además, Jesucristo lo
dice claro y resulta fácil: ama a Dios sobre todas las cosas, con todo tu ser…;
y al prójimo como a ti mismo.
Dudo que una persona
enamorada, que ame a Dios, al prójimo y a sí mismo, vaya por la vida
equivocándose, viviendo con sus miserias, errando, pecando, más bien será todo
lo contrario, vivirá con bondad, vigilante, pensando en Dios el día entero,
orando a Dios, pensando en los demás y dedicarse un tiempo en tercer y último
lugar.
Cristo nos insta a ser
perfectos como Dios, nuestro Padre, es perfecto.
Todos nosotros nos vemos ante
el altar y nos acordamos del hermano que sin querer le hemos hecho daño, le
hemos herido; y, por consiguiente, estamos tristes.
¿Y la gran alegría que se
festeja en el cielo por cada pecador que se arrepiente?
Creo que en esta sociedad
actual, atea, más que creyente, si decidiéramos vivir sin pecar, contemplar más
a la divinidad, pensar que la vida es sagrada, que ocurren milagros todos los
días, y dejar atrás las injustas banalizaciones, relatividades e injustos nihilismos,
las personas vivirían con menos temores, ansiedad y depresión.
“Cristo quiso que toda su
Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el
instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su
sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio
apostólico, que está encargado del "ministerio de la reconciliación"
(2 Co 5,18). El apóstol es enviado "en nombre de Cristo", y "es
Dios mismo" quien, a través de él, exhorta y suplica: "Dejaos
reconciliar con Dios" (2 Co 5,20).”
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