Gracias y Perdón
Una de las mayores valentías
es la de pedir perdón por el daño cometido consciente o inconscientemente.
Te doy gracias y te pido
perdón Dios Uno y Trino, suelo rezar.
El show debe continuar hasta
después de la muerte. Es la valentía cristiana.
Dar la gracias o pedir perdón
no es rebajarse, no es humillarse; dar las gracias es de tener educación, y
pedir perdón es de personas valientes.
Hay personas que no dan las
gracias o no piden perdón por timidez, las hay arrepentidas y todo lo
contrario, sin embargo, quien ha hecho daño alberga en su interior una pena, un
arrepentimiento mayor o pequeño, que quizá no actúe, pero en su intimidad desea
pedir perdón. Es un gesto bueno ser agradecidos, tener gratitud. En la edad
adulta hay frío y soledad. ¡Qué bien se recibe o se da unos buenos días, gracias,
disculpa, me alegro de verte…!
Al mundo le falta amor, cariño,
amistad, paz… La vida de Cristo es uno de los grandes misterios de nuestra
existencia y humanidad. Él nos ayuda.
“…ruega por nosotros pecadores…”, rezamos
en el Ave María.
“…perdona nuestras deudas como
nosotros perdonamos a los que nos ofenden…”, rezamos en el
Padrenuestro.
Y así llena de feligreses la
iglesia, ermita o catedral es un júbilo repleto de fervor, una catarsis
colectiva y una sanación para nuestras almas.
Andamos heridos, cansados,
atribulados y abatidos por el cansancio de la vida, por el peso del transcurrir
el tiempo y un gracias o un perdón ayuda a toda persona.
No quería decirlo, pero lo
digo: todos los días laborables (los he visto trabajar los domingos también) a
las personas de color les digo: ¡Buenos días, amigo! y todos me contestan
igual, son muy educados, responsables y trabajadores. ¿Y es que no es un dolor
verlos venir a España en pateras, cayucos, morir en el desierto, ahogados en
las aguas del Mediterráneo queriendo llegar a Europa para tener la oportunidad
de vivir una buena vida teniéndola prohibida y robada en su querida tierra de
África?
Bien dice Cristo que debemos
ayudar a sus pequeños, que sin duda, así le estamos ayudando a Él y nos estamos
ayudando a nosotros mismos.
¡Convertíos!, lanzaba el grito
san Juan Bautista, la voz del desierto. Hoy resuena esa palabra en nuestra
conciencia y todo puede empezar por un gracias o un perdón.
En la vida desconocida de Jesucristo tenemos un espejo donde mirarnos, es la vida ordinaria de nuestras vidas llenas de rutinas y prisas. Pensemos en el otro.
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