El reino de los cielos (novela mía) nace de la premisa del ardor guerrero del hombre joven y lleno de fervor religioso queriendo luchar en una revolución de las fuerzas del bien contra las fuerzas del mal, queriendo arrebatar por siempre la diabólica cizaña del inocente trigo. El joven soldado al estilo de las Cruzadas se imagina vencedor, queriendo arrasar con todo mal terreno, pero un día se da cuenta que la dulce arrogancia y la inocente soberbia ha de dar paso a la humildad, a la mansedumbre, a caminar por la senda angosta. La decisión es dejar la espada. No más muertes y manos manchadas de sangre. El resultado es abandonarse en Jesucristo y elegir el amor, aunque tengas que poner la otra mejilla o amar al enemigo. ¿Hace bien un político negociar la paz con terroristas para evitar asesinatos de gente inocente? Un asunto muy delicado. El reino de los cielos, en definitiva, es el fruto de humillarse y vivir enamorado esperando el banquete celeste. Lo terrenal se lo lleva el viento, no es duradero, es un peregrinar hacía lo eterno, donde el joven soldado hallará la definitiva paz.
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