Nuestra gata era tan pequeña que cabía en la palma de la mano. Su nariz recordaba los colores de un arlequín. Su primer día en nuestro hogar era huidiza y al parecer estaba asustada. Estaba yo arrellanado en el sofá, ya de noche, cuando me llevé la sorpresa de que nuestra gata se acomodó cerca de mí, al parecer sin miedo. Ella crecía y hacía cosas bellas. Nos daba un golpe con su patita en nuestras piernas de vez de en cuando. Hacía una postura que le decíamos que era un torero y de golpe volvía a su estado normal. Solía subir a la parte alta del butacón, el frigorífico y los muebles. Un día triste cayó del balcón y la perdimos por lo menos una semana. Sin esperarlo la encontré en una obra cerca de casa mientras venía hacía mí maullando. Su recuperación duró casi una semana. Su ronroneo nos advertía que era feliz. Cuando estaba en celo me buscaba y se acurrucaba entre mis brazos. Fue una gata muy feliz y nos hizo felices. Khirsa murió a los dieciocho años que equivale a ochenta de una persona humana. Fue uno de los días más tristes que vivimos, lloramos mucho. Ese ángel de fauces y garras nos dio lo mejor a cambio de nada.
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